La minería metálica y a cielo abierto despierta pasiones encontradas: para unos, un motor de progreso; para otros, un factor de destrucción. Sin embargo, la percepción pública suele basarse en exageraciones y creencias que no siempre se sostienen ante los datos.
Este artículo invita a repensar el papel de la minería desde una visión equilibrada. Analizaremos tres mitos comunes sobre su impacto ambiental y ofreceremos realidades sustentadas en estadísticas globales y españolas, así como iniciativas sostenibles clave para lograr un sector responsable.
Se suele afirmar que la minería a cielo abierto arrasa con bosques enteros y extingue hábitats sin posibilidad de retorno. Si bien existen explotaciones que impactan áreas sensibles, los datos muestran un panorama más matizado.
En términos globales, las canteras y minas ocupan solo el 1% de tierras emergidas. Sin embargo, su repercusión ambiental puede extenderse por vertidos y emisiones que afectan cuencas y regiones colindantes.
En España, ejemplos como la mina El Valle-Boinás y Salave evidencian vertidos de cianuro y residuos tóxicos, y los ríos Tinto y Odiel presentan concentraciones elevadas de metales (37% de zinc y 15% de cobre a nivel global de ríos contaminados). No obstante, estos son casos concretos que pueden remediarse.
Gracias a técnicas de restauración, como revegetación, contención de aguas ácidas y sellado de residuos, tratamientos avanzados de drenajes ácidos permiten rehabilitar zonas degradadas. Estos procesos, combinados con planes de gestión ambiental, demuestran que la minería no condena irreversiblemente un ecosistema.
El temor a derrames y filtraciones hace creer que toda explotación metalúrgica envenena acuíferos y suelos para siempre. La realidad es que los riesgos existen, pero son gestionables.
Los drenajes ácidos de mina, generados por la oxidación de sulfurosos, liberan metales pesados como aluminio, cadmio, plomo y mercurio. A nivel global, se producen más de 100 mil millones de toneladas de residuos anuales, según el Banco Mundial.
En España, hay 89 balsas de lodos abandonadas en Murcia (23 millones m³ de residuos) y 358 escombreras con 151 millones m³. Casos como la balsa Jenny y el Llano del Beal han generado alertas sanitarias, especialmente en infancia. Sin embargo, los protocolos de cierre de minas y las tecnologías de monitoreo ambiental en tiempo real pueden evitar filtraciones y garantizar la seguridad del agua.
Además, los tratamientos de neutralización y precipitación de metales permiten recuperar efluentes para uso agrícola o industrial. Así, residuos como recurso valioso se transforman de pasivo ambiental a materia prima secundaria.
Es habitual escuchar que la minería genera la mayor parte de emisiones de CO₂ y partículas. Aunque el sector contribuye a la huella de carbono, no es el principal culpable.
Según la Agencia Internacional de Energía, la minería representa alrededor del 8% de las emisiones globales de CO₂, lejos de los sectores de transporte o agricultura. La maquinaria pesada, explosivos y procesos de molienda consumen combustible y electricidad, pero las tendencias apuntan a una reducción de emisiones mediante energías limpias.
El cobre de Chile, por ejemplo, aumentó su eficiencia energética y redujo un 32% su consumo eléctrico en la última década. Proyecciones estiman que en 2050 el aporte de la minería al consumo energético global sea solo el 2,4%, comparado con el 0,3% de 2012.
En España, la implementación de energías renovables en minería y filtros de polvo en instalaciones como las de Murcia y Asturias mitigan las emisiones de partículas y gases volátiles, mejorando la calidad del aire local.
El futuro del sector depende de la adopción de prácticas que minimicen su huella ambiental y maximicen beneficios locales. Algunas de las líneas de acción más relevantes son:
Estas medidas se respaldan con normativas europeas y certificaciones, así como con incentivos a la investigación en prácticas de minería regenerativa que concilien extracción y conservación.
En la Región de Murcia, proyectos como Peña Zafra y Cartagena incorporan filtros de alta eficiencia y restauración de riberas. En Andalucía, los ríos Tinto y Odiel son objeto de planes específicos de descontaminación que incluyen bio-remediación y captura de metales.
Otras explotaciones, como El Valle-Boinás y Salave en Asturias y Galicia, han implementado sistemas de drenaje controlado y sellado permanente de residuos, reduciendo riesgos de vertido.
Desmontar estos mitos no significa ignorar los impactos reales, sino reconocer que la minería puede transformarse en fuerza positiva. Con políticas ambientales robustas, innovación tecnológica y compromiso social activo, es posible extraer recursos críticos sin hipotecar el bienestar de las generaciones futuras.
Cada ciudadano y cada empresa tienen un papel: apoyar proyectos sostenibles, exigir transparencia y fomentar el diálogo constructivo entre comunidades, reguladores y compañías.
De este modo, la minería podrá aportar la energía de transformación que necesitamos para un desarrollo sostenible, demostrando que la armonía entre industria y naturaleza no es un mito, sino una meta alcanzable.
Referencias